La relación de nosotros los humanos con edificios,
calles, plazas, protagonistas urbanos en general es multifacética: no solo los
habitamos, sino también los gozamos o sufrimos, los evaluamos, decimos “me
gusta” o “no encaja bien aquí…”, en fin vamos degustando el marco construido o
natural por el que nos movemos.
Probablemente nos guste dormir en una
habitación pequeña, con casi todo a nuestro alcance, íntima, controlable…y sin
embargo, nos gustan las plazas amplias, espaciosas, por donde ver el movimiento
de otras personas, o el volar de las aves, como es el caso de algunos puntos de
esta Ciudad.
Igual nos paramos en los bajos de algunas de
las edificaciones que -tal vez- nos han causado sistemático asombro, y -mirando
hacia arriba- quedamos fascinados ante la magia de
constructores capaces de concretar tamaña osadía, y también muy probablemente
nos descubrimos volviendo a contar los pisos, de uno en uno, con la punta del
dedo como puntero.
De este contacto con la realidad obtenemos las
más diversas conclusiones:
Frecuentamos más unas zonas que otras, consideramos
elegante esta parte, organizada esta otra, ansiamos vivir por aquí (aunque a
ciencia cierta no sepamos exactamente por qué, rindiéndonos ante la mezcla de
visualidades, olores, sensaciones…). Más de una vez regresamos a un lugar a
explorarlo detalle a detalle, intentando fijar cada uno de sus resquicios.
Y entonces, tal vez en aquellos lugares que
consideramos especiales, acudimos a la fotografía: tratamos de fijar un
determinado ángulo, una combinación de espacios y luces que nos resultan especialmente
significativos. Ahora que -con frecuencia creciente- esos aparatos que llevamos en los bolsillos y
antes se llamaban teléfonos -y ahora bien podrían tomar otros tantos nombres- incorporan cámara de fotos y
videos, nos encontramos enfocando cuanto matiz no queremos dejar escapar, y
compartiéndolos unos minutos después con amigos o contactos en las redes
sociales, los que nos acompañan en el instante especial que fuimos capaces de
capturar.
Pero…resulta que esta historia de disfrutar un
edificio o una plaza con el apoyo de estas pequeñas herramientas que siguen
llamándose teléfonos o simplemente móviles (algunos con un preocupante apellido:
inteligentes) ahora
ha seguido creciendo, alcanzando dimensiones insospechadas, en algo que se ha
dado en llamar “realidad aumentada” y se encuentra totalmente funcional en
varias partes del mundo, consistiendo -simplemente- en la combinación de nuestras intenciones con sus bien desarrolladas
posibilidades tecnológicas. Veamos:
Actualmente muchos de estos dispositivos
móviles -además de permitir realizar y recibir llamadas convencionales- cuentan con prestaciones como
brújula, GPS o lo que es lo mismo, mecanismos que en combinación con 3 o más
satélites definen con total precisión en qué punto del planeta estamos parados,
además de otros que precisan si tenemos sujetado el móvil en posición
horizontal, vertical o con un determinado grado de inclinación. Y justo la
combinación de estos datos se envía a través de las mismas conexiones de las
llamadas a computadoras propias de las empresas telefónicas, las que, con esta
información, pueden saber con gran precisión hacia donde estamos apuntando con
la cámara de nuestro móvil. es simple: saben dónde estamos, hacia qué dirección
apuntamos, y con qué ángulo… por tanto, saben a qué le estamos apuntando!
Y, con esta conclusión, a toda velocidad, nos
devuelven a nuestro móvil un grupo de datos que -para nuestro asombro- aparecen sobreimpuestos sobre la
imagen que el lente de nuestra cámara está captando, y entonces, con total tranquilidad,
podremos leer -a la par de la imagen por ejemplo del edificio que enfocamos- su nombre, en qué año fue
construido, el nombre de su proyectista, y otra miríada de informaciones que
pueden -indudablemente- enriquecer nuestra apropiación de la realidad circundante… pero ¡no se
asombre, hay más!
Ya veremos.
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