Recientemente conversábamos sobre la invasión
de pantallas que han llegado -aparentemente- para quedarse,
y cubrir cuanta superficie esté a nuestro alcance: paredes, techos, fachadas de
edificios o etiquetas adheridas a pomos y cajas, informándonos de todo aquello
que supuestamente nos va a permitir tomar mejores decisiones.
La interacción con la arquitectura que nos rodea,
o con el mobiliario que eleva el confort de nuestras estancias, ahora viene
caracterizándose por la comunicación con estos dispositivos cada vez menos
visibles o convertidos en -francamente- cotidianos y
que llegamos a encapsular en el término “normal”.
Pero…siempre hay una nueva vuelta de tuerca, un
nuevo avance que nos deja sin resuello, ya sea en un nuevo material puesto a
disposición de construcciones y objetos, como el grafeno y sus láminas de un
átomo de espesor, o el aerografito, desarrollado por científicos alemanes con
un peso de 0,2 miligramos por centímetro cúbico, o una nueva aplicación de
propiedades conocidas en procesos antes no relacionados, como el uso de la red
eléctrica convencional paralelamente como red de conexión informática…sin tener
que instalar nuevos cables!.
Los departamentos de investigación y desarrollo
(conocidos
como I+D) no se
detienen, y en particular en el tema de las pantallas, la avalancha de
propuestas es -al menos-
desconcertante: cada vez las imágenes que nos llegan son mejores, podemos leer
letras más pequeñas o disfrutar detalles que hasta ahora hubieran pasado
inadvertidos, o ver gamas de colores que parecen mejores que las que nos
muestra el mundo real. Y por aquí anduvo el nuevo salto…