Recientemente veíamos como se repetía una vez
más el espectáculo que rodea a la elección de la máxima figura de la iglesia
católica y jefe del estado de la Ciudad del Vaticano, el Papa. Este evento, de
magnitud mundial -a no dudarlo-
involucra a millones de personas interesadas, incluyendo unas cuantas decenas
de miles que asisten físicamente a los predios del edificio que alberga a tan
particular acción: la Basílica de San Pedro.
Las imágenes que recorrieron los medios de
comunicación masiva mostraron -según cálculos aproximados- a más de 100 000 personas reunidas en la Plaza de San Pedro (obra del escultor, arquitecto y pintor
italiano Gian Lorenzo Bernini) frente a la entrada de este asombroso
edificio, a la espera de la muy nombrada fumata, una señal de humo de color
blanco o negro, en función de la votación lograda por los cardenales reunidos para
la votación.
Y justamente durante la observación de los
detalles de tantas personas congregadas en semejante espacio, nos regresaba a
la mente una saludable interrogante:
¿Cómo se logró semejante obra, de qué
forma se coordinaron los esfuerzos en una época en que máquinas de vapor, motores
de combustión interna, electricidad, telecomunicaciones, computadoras y redes
-simplemente- no existían ni siquiera en la imaginación de destacados
pensadores como Donato Bramante (primer arquitecto que a partir de
1506 estuvo al frente de la obra, que se terminó 109 años después, en 1615) o en las de Rafael Sanzio,
Antonio
da
Sangallo
o el más conocido Michelangelo Buonarroti, simplemente recordado
como Miguel
Ángel,
autor de la paradigmática cúpula principal de San Pedro?
Pero, ¿de qué magnitudes estamos hablando, por
qué el consabido asombro ante esta obra? Bueno, habría que acudir a algunas mediciones
físicas relacionadas con elementos de la misma, veamos en particular la harto
conocida cúpula de Miguel Angel: tiene un diámetro de 42.5
metros (casi media cuadra), descansa sobre la nave central, que tiene 187 metros de largo por…45
metros de altura (algo así como unas 12 plantas actuales), por lo que el punto más alto de la citada
cúpula alcanza los 136,57 metros de altura total desde el nivel del suelo (como
referencia, algo como un edificio de más de 35 plantas).
Si esto no basta para entender el porqué del
asombro, podríamos dar un vistazo al igualmente famoso Baldaquino de
San Pedro, igualmente obra de Gian Lorenzo Bernini,
una estructura en forma de templo realizada en bronce, ubicada bajo la cúpula
antes descrita, destinado a cubrir la tumba del Apóstol San Pedro, origen
de todas esta obra. Resulta que cuando atendemos a sus detalles, nos encontramos
que consta de 4 columnas salomónicas fundidas en bronce, que alcanzan los …29
metros de altura: algo así como un edificio de 7 u 8 plantas!
En resumen, una colosal construcción concebida
y sostenida por estructuras logradas sin hormigón armado ni acero, ni plásticos…
todo puesto en su lugar con total precisión, sin grúas, sin electricidad, sin
modelación y cálculo computarizado, sin coordinaciones vía teléfono, ni sms ni
correo electrónico, sin laboratorios de alta tecnología, en una ciudad medieval
de menos de 50 000 habitantes, sumida en pugnas de grupos gobernantes y ataques
foráneos como el conocido Saqueo de Roma, realizada en 1527
por las tropas españolas y alemanas al bajo el mando de Carlos I o Carlos
de Austria, rey de España.
Tal vez entonces…comencemos a lograr una más
ajustada valoración de la envergadura de lo logrado por nuestros antecesores, y
descubramos -finalmente- que usando como secreta herramienta el
ingenio humano, lograron resultados difíciles de imaginar hoy día: eso sí, el
ingenio humano, puesto en función de lograr salvar escollos y evitando -a toda
costa- dilapidarlo en vanas peroratas justificativas.
¿Lo lograremos de nuevo?
Ya veremos…

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