El intercambio del humano con edificios,
paredes, techos, escaleras, portales, plazas, avenidas es algo cotidiano, hemos
aprendido a convivir con protagonistas que se fueron adicionando paulatinamente
a nuestro primigenio entorno de vida. A niveles íntimos nos relacionamos con
vecinos, familiares…también con muebles, instalaciones tecnológicas diversas (electricidad,
teléfono, televisión, radio, agua), y puertas o ventanas que permiten controlar nuestro contacto con el
ambiente circundante. Pero la historia no quedó ahí…nada de eso!
Como parte de este arsenal de recursos que nos
han permitido matizar nuestra relación con los demás protagonistas de este
mundo, han aparecido un grupo de objetos con una condición inusual: en vez de
estar fijos en un lugar, al que debíamos acudir para usarlos…ahora van con
nosotros, no importa la hora ni el lugar: están en nuestros bolsillos, en
nuestros bolsos, más o menos resguardados.
¿Cuántas veces, ante una determinada situación
que exige usemos una determinada información, no hemos tenido que diferir la
acción, hasta haber consultado las fuentes de conocimiento que nos preparen de
la mejor forma para dar una respuesta efectiva?¿Con qué frecuencia hemos
deseado consultar a alguien ante un hecho complicado, en el que no tenemos
total convicción sobre cómo actuar?
Todas estas situaciones de cotidiano bregar
generaron exigencias que se han ido resolviendo sobre la marcha, a veces a
partir de quitar un cable aquí, o reduciendo una dimensión allá: por ejemplo,
ahora llevamos en el bolsillo algo a lo que seguimos llamando teléfono, aunque
esa sea solo una de las muchas funciones que puede cumplir, desde sintonizar
una emisora de radio o televisión, hasta decirnos con total precisión en qué
punto exacto de la geografía mundial nos encontramos.
Y la historia no se detuvo aquí tampoco…estos
teléfonos de “nuevo tipo” extendieron sus límites, crecieron sus pantallas, y
ahora nos dejan leer cómodamente un libro, visualizar una película en las
nuevas resoluciones conocidas como HD (de la traducción al inglés de alta
resolución),
recibir o enviar mensajes de texto, o peor, enfocar -por ejemplo- un edificio famoso, y ver como
aparecen de inmediato datos relacionados con la obra en cuestión, o si
apuntamos a un texto en un idioma desconocido, recibir de inmediato una
traducción aproximada.
Pero este no ha sido sino un nuevo nivel del
desarrollo, que ha sido precedido por un nuevo tirón, que nos habla de la
conexión entre dispositivos que llevamos con nosotros (ahora
hasta debajo de la piel) y… paredes, techos, luces, pantallas y muebles a nuestro alrededor.
Cuando oímos decir que en los predios de la
domótica (que es la aplicación de los avances informáticos a la arquitectura de
los espacios que vivimos) los nuevos componentes del espacio que habitamos se adecuan a los
gustos e intereses de las personas que los usan, cambiando de color, variando
la temperatura o el nivel de iluminación, además de las imágenes que muestran
los cuadros colgados de estas nuevas paredes…todo esto suena a pura ciencia
ficción, pero ya no lo es tanto: desde hace unos buenos 10 años aparecen, a
saltos, anuncios de nuevas aplicaciones que tienden a elevar los niveles de
confort, y -de alguna forma- todos nos regocijamos.
Conceptos como sustituir las paredes por
grandes pantallas, o colocar convenientemente micrófonos que -conectados
a dispositivos informáticos- oigan y entiendan nuestras órdenes del tipo “baja la candela”, “apaga
la luz del portal”, “cierra puertas y ventanas” o “avísame cuando termine la
lavadora” están mucho más cercanos de lo que pensamos, aunque más de uno este -ahora
mismo- sonriendo
sarcástico, y pensando ¡esto es pura ficción!.
¿Se imagina que cómodo sería -por
ejemplo- que frente
a las hornillas de la cocina que todos usamos a diario, hubiera una pantalla
incluida en la pared, donde estudiar recetas, o simplemente consultar el correo
mientras esperamos que esté lista la comida?
Ya veremos…

No hay comentarios:
Publicar un comentario