Desde siempre se debate
sobre la recíproca influencia de las personas sobre la arquitectura…y de la
arquitectura sobre las personas, aunque esta última versión pueda producir
cierta inquietud. Un hecho es real: hay espacios arquitectónicos que imponen su
“personalidad”
por llamarlo de alguna forma.
Cuando arribamos -por ejemplo- a una discoteca, con sus luces, su atmósfera
sonora, su bajo nivel de iluminación, su disposición de mobiliario, muy
probablemente nos predispongamos en positivo a la participación en el accionar
que allí se desarrolla. Igual cuando penetramos en determinadas iglesias, con
sus puertas de pequeño formato a las que siguen espacios de enorme puntal y
grandes ventanales iluminados, es frecuente ver que todos bajamos la voz y nos
movemos por los pasillos laterales, tal vez “aplastados” por tamañas dimensiones.
Pero…este asunto se ha
complicado: es que ahora también nos movemos por otros ambientes. No solo
paseamos por parques y plazas, no solo encontramos a nuestros amigos y conocidos en el marco
tradicional de edificios y vía pública, no solo usamos hitos urbanos para
citarnos. Resulta que ahora somos un nuevo tipo de individuos, que utiliza
todas las herramientas a su disposición para mantener esa actividad que -hasta el momento- ha caracterizado nuestro quehacer como especie: la
socialización.
Cada vez más dependemos
del grupo, del equipo para sobrevivir, mejorar y desarrollar nuestras
potencialidades.



