La posibilidad de proyectar un edificio “inteligente”
ronda sistemáticamente a las generaciones de creadores que, en un momento
determinado, se enfrentan con la tarea de dar forma a los recursos disponibles
y -en un tiempo concreto- satisfacer necesidades específicas que le son planteadas a cada paso.
Obviamente, el concepto de inteligencia ha ido mutando, desarrollándose, y -tal vez- por aquí debíamos comenzar: ¿a qué
vamos a llamar un edificio inteligente?
Este no es un asunto propio de arquitectos,
urbanistas o ingenieros: el concepto de inteligencia es llevado y traído por
especialidades como la sicología, la psiquiatría, la sociología y otras tantas
que se ocupan de esa capacidad para entender, comprender, resolver problemas. La
inteligencia
-nos
dicen- parece estar
ligada a funciones mentales como la percepción, la capacidad de recibir
información, y de almacenarla. Por
tanto, desde este particular punto de vista, llamar “inteligente” a un
edificio puede resultar…al menos contradictorio, un poco desconcertante.
Por tanto, ajustando el concepto a posibilidades
concretas, apareció el término DOMÓTICA (se citan varios momentos y autores
distintos), donde
se engloban todos los sistemas capaces de automatizar una vivienda,
relacionados con la gestión energética,
seguridad, bienestar y comunicación.
¿Por qué el auge actual de la domótica?¿Por
qué, incluso, este influjo tecnológico se extiende a otros campos como la inmótica
(entendida
como la incorporación a oficinas, edificios corporativos, hoteleros,
empresariales y similares de sistemas de
gestión técnica automatizada) o la urbótica (definida como la integración de la tecnología en el
diseño de una ciudad).
Bueno, este crecimiento está -indudablemente- vinculado con el fortalecimiento y
generalización del uso de las redes informáticas y de telecomunicaciones,
que vienen a integrar todo tipo de equipos, sensores y dispositivos puestos en
función de conseguir la ansiada “inteligencia”.
Los objetivos -al menos en primera instancia- son bien concretos: por ejemplo,
algunos teóricos plantean que el hogar “inteligente” puede ahorrar hasta un 40%
de energía a lo largo de un año, y este solo argumento podría apoyar cualquier
investigación o desarrollo en este sentido. Pero hay otros…
Uno bien sensible está relacionado con la
ansiada sensación de seguridad propia de los humanos, que nos gusta tener todo
controlado, y con el concepto de hogar conectado -como ya se conoce- nos acercamos a esta sensación de control: es
como si siempre estuviéramos allí donde algo nos preocupa.
Hay otras órbitas,
más complejas, como la simulación de presencia, pero este es otro tema al que
prestaremos atención próximamente.
Obviamente, la propia dinámica de desarrollo
está llevando a pensar en barrios o ciudades enteras en red, interconectadas
para gestionar recursos, garantizar seguridad ciudadana, facilitar la
socialización.
Estamos hablando de muebles conectados y con memoria, que
adoptan configuraciones acordes a los gustos del que lo está usando, o sistemas
de iluminación que se apagan ante la ausencia de personas en un espacio
determinado, o se ajustan a las preferencias de cada cual. Estamos hablando de
sistemas de seguridad que avisan -vía teléfono o correo electrónico- si un acceso inesperado se está
produciendo a través de puertas o ventanas, o sensores que avisan de inusuales
niveles de temperatura en un punto sensible de una instalación.
En resumen…estamos hablando de algo que puede
tomar un nombre tan -al menos inesperado- como la internet de las cosas: una
concepción donde todo y todos estaremos conectados intercambiando información,
practica que -muy probablemente- nos pueda ayudar a tomar decisiones más
certeras. Y esto…pues suena muy interesante, no? Ya veremos…

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