jueves, 11 de octubre de 2012

Informática envolvente...o la ciudad digital.



Cuando en septiembre de 2012 aparecía en el mundo de las tecnologías el término informática envolvente, la propia redacción de esta idea parecía excesiva: considerar que las prestaciones devenidas de la unión entre informática y comunicaciones nos envuelve…bueno, podría resultar excesivo. Al final, sigo llevando los dispositivos en la mano (o en el bolsillo, sean teléfonos o computadoras), y acudo a ellos cuando los necesito. Y, tal vez por este asunto del acceso a sus servicios es que viene la tal informática envolvente.

El hombre, en su desarrollo como especie, ha tratado de protegerse de algunos componentes del entorno en que vive, y lo que hoy llamamos arquitectura, surgió como pura apropiación de lo que íbamos encontrando sobre la marcha, ya fueran cuevas, follaje de árboles o cuanto recurso apareciera y nos permitiera elevar nuestra -frecuentemente precaria- calidad de vida. Un paso más adelante, intentamos modificar lo que el azar nos había puesto en el camino, y entonces…con cuanta herramienta habíamos sido capaces de crear ¡retocamos la cueva!, haciéndola más cercana a nuestros gustos o necesidades, y esta historia no ha cambiado mucho que digamos hasta el día de hoy.

Es que el objetivo sigue siendo el mismo: elevar la calidad de vida, aunque esta intención ha venido involucrando a protagonistas que -al menos en un inicio temprano- no resultaban muy cercanos que digamos. Este es el caso particular de las tecnologías informáticas: surgidas a finales del siglo pasado, poco habían tenido que ver con esta finalidad de guarecernos, pero…algo -que se venía fraguando desde los 80- sucedió a finales del siglo XX. ¿Cómo darnos cuenta?

Bueno, solo hay que mirar alrededor: el más simple de los mortales ha multiplicado su presencia en este mundo a través del uso de alguna de las herramientas que - ya por cotidianas- suelen pasar inadvertidas. En especial, el telégrafo, puede considerarse el detonante: hacer viajar textos por un sistema de cables a través del uso de la electricidad parecía algo simple, concreto, con objetivos bien determinados. 

Pero…esto de hacer transitar datos a través de canales tecnológicos fue una de las prácticas que más creció, y hoy, cuando vamos a tomar una determinada decisión, es totalmente normal consultar fuentes de información que no llevamos con nosotros en forma de libros, revistas o cualquier otro portador convencional, nada de eso. Simplemente accedemos a lo que se ha dado en llamar información ubicua -palabra compleja- que no significa otra cosa que poder consultar todo el conocimiento acumulado por la humanidad, y que ha sido cuidadosamente almacenado en algo que -también con total naturalidad- llamamos “red”, aunque últimamente se está debatiendo cambiarle el nombre por “nube” un concepto que, abarcando las redes, se ubica un paso más allá, de frente a los usuarios humanos, al que dedicaremos nuestra atención próximamente.

En fin, todo esto ha venido desarrollándose a la par de nuevas prácticas sociales que hoy nos permiten intercambiar, colaborar, participar en proyectos con personas alejadas geográficamente, aunque cercanas en su quehacer, intereses o coincidencia de gustos. A cada instante decimos: te mandé los resultados por correo, o mándame los datos a mi buzón, o ¿dónde encontraste la información? ¡vi tus resultados en la red!, te compartí el texto que te dije, en fin... todo esto viene a formar parte de los escenarios en que vivimos, junto con edificios y ciudades: si antes nos encontrábamos por la calle, o en un teatro, o una plaza, acudíamos a un aula, trabajábamos en equipo en una oficina o un laboratorio…ahora también lo hacemos en ese mundo casi mágico al que algunos autores han bautizado como “hiperespacio” y del que esta sección tomará su nombre.

¿Le preocupa en qué medida usted y yo, personas comunes, estamos involucrados en esta convulsión tecnológica, cultural, humana?  Ya veremos…

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