Cuando en septiembre de 2012 aparecía en el mundo de las tecnologías el término informática envolvente, la propia redacción de esta idea parecía excesiva: considerar que las prestaciones devenidas de la unión entre informática y comunicaciones nos envuelve…bueno, podría resultar excesivo. Al final, sigo llevando los dispositivos en la mano (o en el bolsillo, sean teléfonos o computadoras), y acudo a ellos cuando los necesito. Y, tal vez por este asunto del acceso a sus servicios es que viene la tal informática envolvente.
El hombre, en su
desarrollo como especie, ha tratado de protegerse de algunos componentes del
entorno en que vive, y lo que hoy llamamos arquitectura, surgió como pura
apropiación de lo que íbamos encontrando sobre la marcha, ya fueran cuevas,
follaje de árboles o cuanto recurso apareciera y nos permitiera elevar nuestra -frecuentemente precaria- calidad de vida. Un paso más adelante, intentamos modificar lo que
el azar nos había puesto en el camino, y entonces…con cuanta herramienta
habíamos sido capaces de crear ¡retocamos la cueva!, haciéndola más cercana a
nuestros gustos o necesidades, y esta historia no ha cambiado mucho que digamos
hasta el día de hoy.
Es que el
objetivo sigue siendo el mismo: elevar la calidad de vida, aunque esta intención
ha venido involucrando a protagonistas que -al menos en un inicio temprano- no resultaban muy cercanos que digamos. Este es el caso particular de
las tecnologías informáticas: surgidas a finales del siglo pasado, poco habían
tenido que ver con esta finalidad de guarecernos, pero…algo -que se venía fraguando desde los
80- sucedió a finales del siglo XX.
¿Cómo darnos cuenta?
Bueno, solo hay
que mirar alrededor: el más simple de los mortales ha multiplicado su presencia
en este mundo a través del uso de alguna de las herramientas que - ya por cotidianas- suelen pasar inadvertidas. En especial, el telégrafo, puede
considerarse el detonante: hacer viajar textos por un sistema de cables a
través del uso de la electricidad parecía algo simple, concreto, con objetivos bien
determinados.
Pero…esto de
hacer transitar datos a través de canales tecnológicos fue una de las prácticas
que más creció, y hoy, cuando vamos a tomar una determinada decisión, es
totalmente normal consultar fuentes de información que no llevamos con nosotros
en forma de libros, revistas o cualquier otro portador convencional, nada de
eso. Simplemente accedemos a lo que se ha dado en llamar información ubicua -palabra compleja- que no significa otra
cosa que poder consultar todo el conocimiento acumulado por la humanidad, y que
ha sido cuidadosamente almacenado en algo que -también con total naturalidad- llamamos “red”, aunque últimamente
se está debatiendo cambiarle el nombre por “nube” un concepto que,
abarcando las redes, se ubica un paso más allá, de frente a los usuarios
humanos, al que dedicaremos nuestra atención próximamente.
En fin, todo
esto ha venido desarrollándose a la par de nuevas prácticas sociales que hoy
nos permiten intercambiar, colaborar, participar en proyectos con personas
alejadas geográficamente, aunque cercanas en su quehacer, intereses o
coincidencia de gustos. A cada instante decimos: te mandé los resultados por
correo, o mándame los datos a mi buzón, o ¿dónde encontraste la información?
¡vi tus resultados en la red!, te compartí el texto que te dije, en fin... todo
esto viene a formar parte de los escenarios en que vivimos, junto con edificios
y ciudades: si antes nos encontrábamos por la calle, o en un teatro, o una
plaza, acudíamos a un aula, trabajábamos en equipo en una oficina o un
laboratorio…ahora también lo hacemos en ese mundo casi mágico al que algunos
autores han bautizado como “hiperespacio” y del que esta sección tomará su
nombre.
¿Le preocupa en
qué medida usted y yo, personas comunes, estamos involucrados en esta
convulsión tecnológica, cultural, humana? Ya veremos…

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