Desde siempre se debate
sobre la recíproca influencia de las personas sobre la arquitectura…y de la
arquitectura sobre las personas, aunque esta última versión pueda producir
cierta inquietud. Un hecho es real: hay espacios arquitectónicos que imponen su
“personalidad”
por llamarlo de alguna forma.
Cuando arribamos -por ejemplo- a una discoteca, con sus luces, su atmósfera
sonora, su bajo nivel de iluminación, su disposición de mobiliario, muy
probablemente nos predispongamos en positivo a la participación en el accionar
que allí se desarrolla. Igual cuando penetramos en determinadas iglesias, con
sus puertas de pequeño formato a las que siguen espacios de enorme puntal y
grandes ventanales iluminados, es frecuente ver que todos bajamos la voz y nos
movemos por los pasillos laterales, tal vez “aplastados” por tamañas dimensiones.
Pero…este asunto se ha
complicado: es que ahora también nos movemos por otros ambientes. No solo
paseamos por parques y plazas, no solo encontramos a nuestros amigos y conocidos en el marco
tradicional de edificios y vía pública, no solo usamos hitos urbanos para
citarnos. Resulta que ahora somos un nuevo tipo de individuos, que utiliza
todas las herramientas a su disposición para mantener esa actividad que -hasta el momento- ha caracterizado nuestro quehacer como especie: la
socialización.
Cada vez más dependemos
del grupo, del equipo para sobrevivir, mejorar y desarrollar nuestras
potencialidades.
Participamos en procesos de aprendizaje junto con otros tantos
interesados, intercambiamos opiniones con iguales y (tal vez mejor) con diferentes, colaboramos, contrastamos experiencias, sacamos
conclusiones, tomamos decisiones en función de lo que vemos que sucede
alrededor. Pero…todo esto se ha visto últimamente matizado, caracterizado,
potenciado por realidades surgidas -justamente- del ingenio
humano, en forma de los más diversos inventos que han involucrado -en un inicio- a unos pocos privilegiados, pero que se han ido
extendiendo a una gran parte de la población humana.
Entonces -de pronto- oímos decir: es que somos digeratos…y
la palabra nos deja con cierta preocupación. ¿Digeratos? La definición
proviene del idioma inglés, es conocida desde los años 1990, y usada como “entendidos en temas relacionados con la
llamada Sociedad de la Información” lo
que le da una nueva dimensión, pues ya no solo los coloca a nivel de la
herramienta tecnológica, sino los lleva a nuevos roles de la llamada vida
cultural, y los convierten de hecho en facilitadores y creadores de nuevas
oportunidades donde los demás de estas comunidades pueden a su vez, desarrollar
su creatividad, socializar, en fin...
Por tanto, personas
distintas crean nuevas dimensiones en su entorno, y se dan cita en lugares de
la red, conversan con semejantes que pueden estar al otro lado del mundo,
comparten experiencias de forma remota (ven lo que otros están viendo), participan de forma no presencial, aunque esto
suene como un contrasentido.
Estas personas, habitantes
de las nuevas dimensiones urbanas, usan
las herramientas a su disposición para expresarse como seres individuales, pasan
la mayor parte del tiempo consumiendo noticias, enviando y recibiendo mensajes,
realizando búsquedas y manteniendo contactos e intercambios con amigos o
colegas. También toman en cuenta la opinión de otros “digeratos” a la hora de tomar decisiones.
En resumen, los humanos están
aprovechando para desarrollarse, y es por eso -tal vez- que los llamados sitios o redes sociales han
devenido en escenarios que propician el contacto, aunque... ¿sustituirán a los
espacios urbanos convencionales?¿Será lo mismo sentarnos a conversar con 1 o 2
amigos en un parque, que conectarnos a una red social, a través de un cable, y
encontrarnos e intercambiar con 100 o 200 personas? ¿Es más: será lógico
enfrentar estas modalidades entre sí? Ya veremos…
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