La ciudad (desde siempre) resultó una madeja de
conexiones tecnológicas: viales, redes telefónicas, acueducto y alcantarillado,
red semafórica, dispositivos de observación meteorológica, los que funcionando
como sistema permitieron al hombre elevar la tan llevada y traída “calidad
de vida”.
Obviamente, la dialéctica caracteriza a este sistema
de sistemas al que llamamos ciudad: el desarrollo alcanzado en
un instante, justo en el momento de lograrse, ya es obsoleto, se exige más, se
necesita mucho más. Sus habitantes nos acostumbramos instantáneamente a lo
conseguido, y ponemos la vista más allá…y por eso, la incorporación de los
avances de las tecnologías informáticas y de telecomunicaciones son -más bien
están siendo- solo el último peldaño alcanzando, a la espera
de ser superado.
¿Cuál es la concepción actual de un entorno de
vida -llámese ciudad, edificio, espacio urbano o como se desee- acorde a los niveles de desarrollo devenidos de esta nueva
incorporación? Habría que acudir a lo que se puede considerar el nuevo estado
de la materia: on line, conectado, vinculados en tiempo real a redes que
cubren viviendas, edificios, barrios, ciudades, provincias, países, el planeta
completo.
Los objetivos son claros: tal vez el primero de
ellos, obtener información (¡sin
dilación, en el instante necesario!) y poder usarla durante la toma de decisiones.
Esto podría repercutir en órbitas tan disímiles como la compra de un alimento, saber
cómo anda nuestra salud, qué está pasando en el cuarto de los niños, cuánta
agua queda almacenada en tanques y cisternas o quién acaba de entrar en mi
casa, estando yo en la oficina.
Aunque, no todos están relacionados con
procesos de control y toma de decisiones, nada de eso: también podría
significar que las luces se apaguen o enciendan en dependencia de si llegamos o
abandonamos un local, los acondicionadores de aire se ajusten a las necesidades
de los asistentes a un recinto, la música de fondo que se escuche responda a
las preferencias de los presentes y las imágenes que se muestren en los cuadros
de nuevo tipo que cuelgan de las paredes muestren las imágenes que resulten de
nuestro agrado.
También puede significar un cambio dramático en
la
forma de relacionarnos con dispositivos: podríamos hablarle al
televisor, pidiéndole un determinado ajuste, o a la cocina, ordenándole
disminuir o aumentar la temperatura de cocción de un determinado alimento.
También podríamos recibir un mensaje de nuestra casa, indicándonos que recién
nos acaban de entregar la factura del servicio eléctrico, o que la reserva de
agua está en su nivel límite inferior. Podríamos también recibir un mensaje de
nuestro auto, que nos sugiere cambiarle el aceite, o que tiene un neumático
ponchado, o está falto de combustible.
Muy probablemente usted tendrá esbozada una
sonrisa irónica, pensando que estos son asuntos de un futuro lejano. Pero… no
lo son. La concepción de todo tipo de dispositivos y sistemas tecnológicos a
partir de su conexión a redes de datos es algo que viene del siglo
pasado, incluso de antes, cuando se comenzó a llamar a las redes telegráficas
el “sistema
nervioso” del mundo.
Ya en fechas tan alejadas como 2007 se
reconocía que aunque internet había nacido para conectar personas a través de
máquinas, más del 12% del tráfico de datos era generado por … máquinas
que intercambiaban datos con otras máquinas. Por tanto, lo que se ha dado en
llamar el Internet de las Cosas será -tal vez- la estructura
más compleja que la humanidad haya pretendido crear, incluyendo edificios,
ciudades, redes tecnológicas, zonas agrícolas, la atmósfera, los ríos, los
mares, en fin cubrir cada porción del mundo con sensores que se conviertan en la extensión de
nuestros sentidos, y proceder a operar con los datos obtenidos en función de
resolver las necesidades generadas por el desarrollo.
Aunque no todo es color
de rosa en este proyecto: por ejemplo, ¿a dónde iría a para la privacidad? Ya
veremos…

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